La trampa de tío conejo


Tió Coyote siempre andaba buscando la forma de comerse a tió Conejo. Pero el orejudo era demasiado astuto para dejarse atrapar. Muchas veces el coyote había estado cerca de cumplir su sueño, pero la suerte se le volteaba por alguna u otra razón.

Un día, se le ocurrió ir a hablar con tiá Gallina y le propuso, que no se la iba a comer si le ayudaba a atrapar a tió Conejo. La gallina a cambio de salvar la pluma, accedió inmediatamente. De igual forma hizo con tió Chucho y con tió Tacuacín.
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El plan era hacerse el muerto y que le organizaran un velorio con todas las de la ley. Por supuesto, lo iban a meter en una caja, ponerle velas y flores para que todo pareciera lo más real posible.
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El objetivo de tal "puesta en escena", era hacer llegar a tió Conejo al velorio y, como estaban seguros que iba querer comprobar que el coyote realmente estaba muerto, se iba a acercar a la caja mortuoria y cuando la abrieran para enseñarle el supuesto cadáver, el coyote iba a pegarle un sólo zarpazo y ése sería el gran final.
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Como había sido acordado, se compró el féretro y todo lo necesario para el velorio. Los animalitos empezaron a hacer la gran bulla y a regar la bola de que tió Coyote había estirado la pata.
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- ¡Se murió tió Coyote, se murió tió Coyote!- era lo que más se escuchaba en todos los alrededores.
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Pronto, ese velorio era todo un acontecimiento. Los animalitos del bosque llegaron, unos a festejar la muerte del coyote que tanta lata les había dado, y algunas gallinas y una que otra chucha, se sentían conmovidas al saber que se había muerto el canino más fuerte de la región.
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Y como dicen que no hay muerto malo, hasta un "¡Tan bueno que era!", se pudo escuchar.
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Cada momento se llenaba más de curiosos aquél velorio, pero para nada aparecía el famoso conejo.
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Mientras tanto, tió Coyote seguía encerrado en la caja, haciéndose el bobo, esperando la hora de nisflarse a tió Conejo.
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En eso, venía el orejudo brinco tras brinco y tió Chucho, tiá Gallina y tió Tacua, fueron los primeros que salieron a su encuentro, anunciándole la muerte de tió Coyote.
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- Tió Conejo, ¿a que no sabe la última?, y no ve que de un rato a otro ¡se murió tió Coyote!- exclamó tiá gallina, haciéndose la muy preocupada.
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- Sí - afirmó el perro, yo creo que le pegó el moquillo, porque sólo le dio un ataque, peló los dientes y allí se quedó tieso, cuando lo encontramos, ya había petateado.
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Tió Conejo, siempre desconfiado, se fue acercando a la caja con el fin de comprobar que realmente era el coyote el que estaba allí.
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A abrirle el féretro iban los animales, con un pie listo para salir en carrera, cuando tió Conejo preguntó muy serio e interesado: - ¿Y ya se tiró un pedo, muchá?
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- ¿De qué habla tió Conejo?- replicó tió Tacua muy desconcertado - ¿Cómo así que si ya se tiró un pedo?
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- Sí - afirmó el conejo muy sabiondo- todo el que se muere, se tira un pedo después de estirar los hules. Esa es la señal de que ya está bien muerto.
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Todos los animales empezaron a preguntarse unos con otros, si acaso habían escuchado algún tronido que se pareciera a un ventoso, pero nadie podía dar fe de eso.
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Dentro de la caja, tió Coyote sudaba muy nervioso y escuchaba toda la discusión. Así que sin pensarlo dos veces, y ya con el estómago ansioso por comerse al conejo, se ponía colorado, morado y verde; se estiraba, se encogía, se apachaba la panza tratando de expulsar todo el aire que tenía atrapado y empezó a hacer fuerzas para probar si le salía uno, aunque sea medio chiflado.
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En un silencio de todos, se escuchó dentro de la caja un sonidito algo apretado y tristón, más o menos así: T i i i i i i i i i i i i i i i i í...
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- ¡¿Oyó tió Conejo?!- exclamaron al unísino la gallina, el chucho y el tacuacín- tió Coyote ya se tiró el pedo.
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-!Sí!- murmuraron todos los animales presentes.
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- Pues, entonces ¡nos vemos otro día! - gritó el conejo al partir huyendo - seré conejo, pero no pendejo, porque los muertos no se pedorrean.

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