Cuando sea grande...

Hace muchos años, cuando se le preguntaba a una niña o un niño acerca de lo que quería ser cuando fuera grande, invariablemente daba respuestas relacionadas con un ideal asociado a la profesión que escogía. Por ejemplo, “cuando sea grande quiero ser doctor para curar a la gente” o “quiero ser maestro para enseñar”. Muchos querían ser policías, doctores, enfermeras, maestras. Pensar en una profesión iba ligado a la idea de servir a alguien.
Si ahora preguntamos a los niños o los adolescentes acerca de qué profesión les atrae, generalmente  sus respuestas están asociadas con el estatus que esta les ofrece: ganar dinero, tener carros, televisiones de plasma, muchos empleados y vestir ropa de marca. En una ocasión comentábamos con un profesor universitario acerca de que la meta de la mayoría de los estudiantes era poner su propia empresa, meta muy positiva, por cierto. Sin embargo, él me decía. “Si todos ponen una empresa, quiénes trabajarán en ellas”. Ser empresario se ha convertido en el sueño dorado de la juventud. 
¿De qué manera afecta esta visión a la sociedad en general? Cuando el éxito se centra en lo monetario y el bienestar personal, se olvida que parte de nuestra realización como seres humanos tiene su fundamento en el servicio a los demás y el desarrollo de la comunidad. Entonces  vemos a las otras personas como objetos o medios para alcanzar nuestras aspiraciones económicas y las tratamos en consecuencia. Los profesionales ven a sus clientes como fuente de ingresos, son importantes porque pagan. Entonces se recurren a políticas de servicio al cliente donde debe tenerse a este contento para que sea fiel. Hasta en los hospitales y en las instituciones educativas se hace referencia a las personas como clientes.
Esto nos lleva a una relación impersonal entre oferentes de servicios y clientes. Con ello desaparece el interés por ser útil a otra persona de carne y hueso que necesita de nuestra preparación, capacidad e interés para solucionar alguno de sus problemas. Y ese es el modelo que le estamos dando a la niñez.
Los adultos debiéramos ser la inspiración de los jóvenes y no lo estamos siendo. Hemos olvidado los ideales que alguna vez motivaron nuestras acciones y estamos dando a las nuevas generaciones una visión cosificada del mundo y del género humano.
Con eso también les negamos el derecho de soñar y de creer que el mundo puede ser mejor. Es necesario que padres, maestros y la sociedad en general pensemos en las consecuencias que tienen nuestras acciones como referentes de la niñez.

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