Travesura en el sandíal

Después de recorrer varias lomas el Tío Coyote por fin encontró al Tío Conejo reposando junto a un tronco de ceiba. Hacía calor y el Tío Conejo se abanicaba con una hoja de guarumo.
Por el zapotazo del día anterior el Tío Coyote aún llevaba la trompa hinchada y se le miraba una mueca de risa burlona con los dientes asomando como filo de serrucho. Pero esa condición no le impidió levantar las manos de garras afiladas:
-Esta vez si me lo voy a comer, Tío Conejo.
Sin inquietarse el Tío Conejo dijo:
-No me coma Tío Coyote, mire que lleva la trompa hinchada y le dolerán los dientes si muerde mi cuero duro. Usted necesita comer algo blandito, así que lo invito a merendar sandías. Yo le muestro el camino.
-Ah... no, no Tío Conejo, otra vez usted me quiere engañar. Mejor venga conmigo al sandíal.
-Cuanto lo siento Tío Coyote, acabo de regresar del sandíal. Mire la barriga que traigo por el banquete que me he dado, no puedo dar ni un paso.
Entusiasmado por las frutas dulces al Tío Coyote le brillaron los ojos y no pudo impedir que sus patas lo llevaran casi volando hasta el huerto de las sandías.
Apresurado el Tío Coyote fue por los surcos mordiendo sandías sin saber reconocer una fruta madura, todas le resultaban verdes y duras. Allí iba destruyendo el sandíal cuando se encontró con un tipo fortachón que parecía guachimán y que estaba en posición de pelea.
-Oiga señor... ¿Me puede dejar pasar? -dijo el Tío Coyote.
Seguía plantado el tipo fortachón sin mover una pestaña de su cara belicosa. Era extraño que no tuviera ropa, que no hablara ni se moviera, pero a esos detalles el Tío Coyote no les dio importancia, y volvió a la sentencia con tono bravucón:
-Bueno, usted se lo ha buscado. Lo apartaré de un macanazo.
El Tío Coyote descargó una lluvia de manotazos, patadas y rodillazos que lo dejaron pegado al cuerpo del tipo fortachón.
Casi se ahogaba el Tío Coyote por el olor a miel de chumelo, el cual lo hizo descubrir que el tipo fortachón era un muñeco de cera. Por eso tenía el cuerpo amarillo. Tarde lo descubría, porque en ese momento apareció el campesino dueño del sandíal.
-¡Jajá coyote! Vos sos el bandido que se ha comido mis mejores sandías -dijo el campesino.
-Pues no señor, yo pasaba aquí por casualidad y este tipo fortachón me ha atrapado -dijo el Tío Coyote con voz forzada, porque tenía la cara pegada al pecho del muñeco de cera.
-A mí no me engañas coyote pícaro, también me robaste los tecomates de miel el otro día, así que hoy te caerá una buena reprimenda por malandrín -dijo el campesino.
-Se equivoca, señor. Quien le robó los tecomates de miel fue el Tío Conejo. Se lo aseguro señor, ese Tío Conejo es un pícaro de marca mayor -dijo el Tío Coyote.
-No te hagás el inocente... sólo mira la buena jugarreta me hiciste con esa sandía que llevé al cura del pueblo el domingo pasado -dijo el campesino, ya enojado.
-No sé de qué habla -dijo el Tío Coyote.
-Date cuenta que el domingo voy al convento y llevo la mejor sandía como ofrenda, el cura muy agradecido parte la sandía en el instante y cuál fue la sorpresa: de la sandía sale un chorro de boñigas apestosas, unas chibolitas de caquita negra. Inmediatamente el cura muy furioso me mandó a rezar veinte credos y veinte padres nuestros, y me ha sentenciado que me van a exculmulgar de la iglesia por sacrílego.
-Lo siento mucho, pero tiene que creerme señor, no hice yo esa travesura -dijo el Tío Coyote.
-Y ahora ¿Ves cómo vas despedazando las sandías? Por todo eso, te daré una reprimenda para que aprendas a respetar el trabajo ajeno, y sobre todo, a respetar la comida.
-No señorcito, le aseguro que tremenda travesura sólo puede ser obra del Tío Conejo, ya le dije, es un pícaro de marca mayor.
No bastaron explicaciones, lloriqueos ni ruegos, el campesino hizo oídos sordos, recogió un volcán de chiribiscos con chamizas y les prendió fuego. De la hoguera salieron llamas como lenguas de fuego, que se pegaron al trasero del Tío Coyote.
-¡Ay señorcito, no me chamusque! -gritó el Tío Coyote retorciéndose por las quemadas.
-Ahí tienes tu merecido, el fuego te purificara por el pecado que has cometido...¡Coyote cagón! -dijo el campesino.
El fuego subía al lomo del Tío Coyote, el humo de la chamiza lo asfixiaba. Pero, con fuerte forcejeo pudo tumbar al muñeco y las llamas derritieron la cera. Así el Tío Coyote logró escapar.

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