Dime qué tarjeta de crédito tienes y te diré lo endeudado que estás


Cada vez que alguien usa su tarjeta de crédito, lo que está comprando, más allá de un bien o servicio, es una deuda, que lo puede encadenar si no tiene conciencia de ello.

Juan Carlos es un joven universitario y trabajador. Cuando iba a nacer su primer hijo tuvo que dejar sus estudios para dedicarse de lleno a sostener su familia.

Un día recibió una llamada telefónica. Una dulce voz de mujer lo felicitaba en el otro lado de la línea porque su récord crediticio lo había hecho acreedor a una tarjeta de crédito y le dijo que ya tenía incluso el monto preaprobado.

No sabía ni quién ni cuándo ni cómo obtuvieron sus datos, su número y récord crediticio.

¿Cómo es eso?, le preguntó a la voz. Sí, usted es un cliente clase A y tiene una tarjeta preaprobada con un monto de Q24,000. Solo dígame en dónde puedo dejársela. Yo misma se la puedo entregar, le respondieron.

Disculpe, pero cómo es que yo tengo una tarjeta preaprobada si ni siquiera me he acercado al banco, replicó Juan Carlos. Es que nosotros estamos asociados a un programa que nos facilita datos y le otorga premios a los mejores clientes, continúo la voz. ¿Qué programa?, cuestionó él, aún incrédulo. Por políticas de la empresa no lo puedo revelar. Lo más importante es que haga valer su récord crediticio y disfrute de las ventajas que le ofrecemos, le dijeron.

¿Y qué ventajas me ofrecen? Juan volvió de nuevo a la carga. Compras en más de 200 tiendas de conveniencia y establecimientos afiliados y acceso a nuestra red de cajeros automáticos los 365 días del año las 24 horas, aparte de un extrafinanciamiento sin cobro de intereses, si lo necesita. Eso suena bueno. ¿Cómo hacemos?, preguntó, ya convencido. Solo déjeme sus datos y la dirección para poder entregarle su tarjeta.

Como suele suceder con muchos de los que han adquirido tarjetas de crédito, Juan pensó que el límite otorgado le daba cierto estatus social. Tengo con qué pagar. Con este límite podría comprar la laptop que siempre quise, dijo para sí. Comenzó a adquirir lo que no pudo comprarse con sus ingresos ordinarios, ajeno a las responsabilidades que conlleva la tarjeta. Tres años más tarde, Juan Carlos se quedó sin trabajo y como podía costeaba la comida, el agua, la luz y el colegio. Y si le alcanzaba, el resto para sus deudas.

Con sus trabajos esporádicos no lograba cubrir más que lo esencial y se atrasó tres meses con la tarjeta. Comenzó a recibir llamadas telefónicas del acreedor. Ahora la voz no era dulce. Era solo el inicio de un tormento.

Las llamadas eran a cualquier hora del día y la noche, cada vez subían de tono y hasta fueron amenazadoras. Un día, cuando salió, encontró en el parabrisas del carro un papel tamaño carta.

Su nombre estaba en mayúsculas, y en no menor tamaño le recriminaban la mora. En el poste, junto al jardín frontal de su casa, pendía el mismo aviso de cobro. No eran los únicos. Desde entonces Juan Carlos no duerme tranquilo y vive como un prófugo en su propia casa.

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